Revisitando: Hereafter o cuando Eastwood se puso triste

Por Socorro González Barajas

Si bien Hereafter (E.U., 2010, titulada en México como Más allá de la vida) no alcanza la perfección que en lo personal encuentro en el cine del veterano actor/director Clint Eastwood, su visionado me resulto una experiencia bastante grata y conmovedora. De hecho, me agradó reconocer que el tipo duro que Eastwood me pareció desde mi adolescencia, en cierta manera se ha ido y en su lugar ha quedado un creador maduro, conocedor profundo del fenómeno y el proceso fílmico y todo lo que conlleva. Como realizador Eastwood ha explorado (la mayor de las veces magistralmente) algunos de los géneros cinematográficos más importantes de modos diversos, rindiendo tributos, auto-parodiándose, ironizando y melodramatizando con un destacable toque de objetividad y distanciamiento, que, paradójicamente, termina conmoviendo al espectador. Hereafter, su propuesta anterior a J.Edgar (E.U., 2011) que circula en los videoclubes hace buen rato, desarrolla, básicamente, la historia de tres personajes unidos por un motivo: la muerte, en modos distintos pero la muerte al fin. Marie Lelay (Cécile de France), quien regresa a la vida después de haber sucumbido en un desastre natural; el pequeño Marcus (Frankie McLaren/George McLaren, excelente, por cierto), quien pierde a su hermano gemelo en un accidente y George Lonegan (Matt Damon), un psíquico atormentado que intenta alejarse de su actividad de dialogar con los muertos, quienes, según el planteamiento general de la película, continúan en otro plano existencial (un tema recurrente, muy conocido y trillado incluso). Con este motivo, pausadamente como en un susurro, el cineasta nos irá introduciendo en la vida de estos tres seres marcados por la fatalidad en planos diferentes, construyendo un relato detallado delicadamente por una profunda tristeza, por una nostalgia de la muerte, reflexión obscura y bellamente fotografiada por Tomas Stern -quien colabora con Eastwood como cinefotógrafo desde Blood work (E.U., 2002)-. Un melodrama irónicamente mesurado, que roza solemnemente la fantasía que conlleva abordar “el más allá”  por muchos tan temido y por otros tantos añorado. Más que una arriesgada y seria propuesta (que por momentos acaricia lo cursi, para ser Eastwood) sobre lo que existe después del maneado viaje sin retorno -con todo y las prescindibles escenas recreando “la otra vida”, medio Flatliners (Schumacher, E.U., 1990)-, Eastwood se permite una emotiva reflexión sobre el dolor humano, la inmensa soledad y el desamparo que para algunos significa la pérdida de un ser amado; organizando coherentemente la construcción de universos inicialmente matizados por la obscuridad de la melancolía, ante la abrupta ruptura con la vida física,  ante la incertidumbre de un triste porvenir del cual reniegan como si de una maldición se tratara. Finalmente, Eastwood redime a sus personajes de la dolorosa tristeza que los habita durante la mayor parte del metraje, desplazándolos hacia un concesivo final feliz (algo extraño en el cineasta, quien la mayoría de las veces gusta de los fríos desenlaces) de reencuentro con el mundo real y sus consensos.

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